5. Regulación no es control
Las herramientas de regulación no están hechas para apagar lo que sentimos, sino para ayudarnos a sostener la experiencia sin perdernos en ella.
En muchos espacios de bienestar, la palabra regulación se ha vuelto cada vez más frecuente. Se habla de regular las emociones, de regular el sistema nervioso, de regular los estados internos como si se tratara de una habilidad central para vivir mejor.
La intención detrás de esta idea suele ser genuina: ofrecer recursos para no quedar atrapados en la ansiedad, el miedo o la sobrecarga. Sin embargo, en la práctica, regulación a menudo se confunde con otra cosa: control o escape. Esta confusión no es menor. Moldea la forma en que las personas se relacionan con su experiencia interna y con las herramientas que utilizan para cuidarse.
Muchas personas se acercan a prácticas de respiración, pausa, movimiento o atención plena esperando que, al aplicarlas, la angustia desaparezca, la rabia se diluya o el miedo se calme rápidamente. Cuando esto no ocurre, surge la sensación de que la técnica no funcionó o de que algo está mal en ellas por seguir sintiendo lo que sienten.
Pero sentir no es el problema que la regulación busca resolver. Regular tiene menos que ver con eliminar una experiencia y más con la manera en que se atraviesa. Implica que el sistema pueda permanecer en contacto con lo que ocurre sin desbordarse por completo, sin quedar atrapado en un estado que parece no tener salida y sin desconectarse como única forma de sobrevivir a la intensidad.
Una emoción regulada no es una emoción que desaparece, sino una que puede sentirse sin que arrase con todo. La tristeza puede seguir estando ahí, pero ya no se vive como un abismo sin fondo. La rabia puede sentirse con claridad, sin convertirse automáticamente en explosión o en congelamiento. El miedo puede acompañar una situación difícil sin paralizar por completo la capacidad de actuar.
Cuando las herramientas se usan principalmente para dejar de sentir, lo que muchas veces ocurre no es regulación, sino supresión. La experiencia se empuja hacia abajo, se posterga o se adormece, pero no necesariamente encuentra un lugar donde pueda transformarse.
A corto plazo, esto puede ser útil. Hay momentos en los que una persona necesita bajar la intensidad para atravesar una situación concreta o para poder cumplir con una responsabilidad inmediata. El problema aparece cuando esa se convierte en la única forma de relacionarse con lo que duele. Entonces, la regulación deja de ser un apoyo y se vuelve una forma constante de alejarse del propio mundo interno.
También es importante reconocer que no todo estado necesita ser regulado de inmediato. Hay momentos en los que el llanto es una respuesta acorde a una pérdida, en los que la rabia señala un límite que necesita ser reconocido, o en los que la tristeza acompaña un proceso de cambio. Intentar llevar cualquier intensidad emocional rápidamente hacia la calma puede convertirse, sin intención, en una forma sutil de invalidar la experiencia, en escapismo.
Regular no siempre significa bajar la intensidad. A veces significa sostenerla con suficiente apoyo para que pueda desplegarse sin desbordar el sistema. Significa ofrecer al cuerpo y a la emoción un entorno interno un poco más estable desde el cual atravesar lo que está ocurriendo.
Desde la mirada de FARO, la regulación es una forma de acompañamiento interno, no de control, ni mucho menos de evasión. No se trata de forzar al sistema a estar tranquilo, sino de ayudarlo a encontrar suficiente estabilidad para atravesar la experiencia sin perderse en ella.
La meta no es sentir menos, sino poder sentir sin quedar atrapado ni desconectado. En ese sentido, las herramientas de regulación son valiosas, pero su sentido cambia por completo cuando dejan de usarse para apagar la experiencia y empiezan a servir para sostenerla y atravesarla de manera consciente y cero dramática.