1. El bienestar no es una meta: es una relación
El bienestar suele entenderse como un estado al que se llega. Este texto propone una mirada distinta: el bienestar como una relación dinámica, situada y cambiante, que requiere más discernimiento que técnicas.
Durante las últimas décadas, el bienestar se ha convertido en un objetivo.
Algo a lo que se llega. Algo que se alcanza. Algo que, una vez logrado, debería sostenerse en el tiempo. Esta forma de entender el bienestar no surge de la nada. Está profundamente influida por modelos culturales de progreso, rendimiento y optimización personal: avanzar, mejorar, corregir, llegar.
Bajo esta lógica, “estar bien” se transforma en un estado deseable, medible e incluso exigible.
El problema es que el bienestar no funciona así. Cuando el bienestar se concibe como una meta, inevitablemente aparecen consecuencias que rara vez se cuestionan. El malestar empieza a vivirse como un fallo: algo que no debería estar ocurriendo. La tristeza, la ansiedad, el cansancio o la confusión dejan de ser señales legítimas de la experiencia humana y pasan a interpretarse como errores que hay que corregir cuanto antes.
Desde ahí, la búsqueda se acelera. Más herramientas. Más prácticas. Más métodos. "Si no estoy bien, debo estar haciendo algo mal —o no lo suficiente".
Sin embargo, esta lógica parte de un supuesto frágil: que el bienestar es un estado estable, acumulativo y replicable. Y no lo es.
El bienestar no es un lugar al que se llega. Es una relación que se habita. Una relación cambiante con el propio cuerpo, con los estados emocionales, con la mente, con el contexto vital y con las circunstancias que atraviesan cada etapa de la vida; y como toda relación, no es lineal, no es constante y no responde a fórmulas universales.
Hay momentos de mayor equilibrio y momentos de mayor tensión. Hay períodos de expansión y otros de repliegue. Hay fases en las que ciertas prácticas sostienen, y otras en las que esas mismas prácticas dejan de ser útiles o incluso resultan contraproducentes.
Entender el bienestar como relación implica aceptar algo fundamental: no existe un estado permanente al que debamos aspirar. También implica reconocer que el malestar no es, en sí mismo, un enemigo a erradicar. En muchas ocasiones, es información. Señala desajustes, límites, necesidades no atendidas o cambios que están teniendo lugar. Tratar de eliminarlo sin comprenderlo puede generar más desconexión que alivio.
Desde esta perspectiva, el bienestar deja de ser una obligación y se convierte en una práctica de escucha. No de control, no de perfeccionamiento, sino de relación consciente con lo que está ocurriendo.
Esta comprensión tiene una consecuencia importante: si el bienestar es relacional, entonces ninguna herramienta sirve para todo, ni para todos, ni en todo momento.Las prácticas de cuidado, desarrollo o regulación no son soluciones universales. Son recursos situados, cuyo impacto depende del contexto, del momento vital, del estado de la persona y del modo en que se utilizan. Sin este discernimiento, incluso las herramientas bien intencionadas pueden generar confusión, frustración o daño.
FARO nace precisamente desde esta necesidad de claridad. No para ofrecer caminos prefabricados ni promesas de transformación, sino para aportar mapas. Mapas que ayuden a comprender qué hace cada enfoque, cuáles son sus límites, y en qué condiciones puede resultar pertinente —o no— recurrir a determinadas prácticas.
Antes de preguntarnos cómo estar mejor, quizá convenga detenernos en algo más básico: entender qué significa, realmente, estar
Nota: Este texto forma parte de una serie de apertura destinada a aprender a discernir antes de elegir herramientas de bienestar.